logo

Copyright Todos los derechos reservados 2017
 

Del día que me convertí en sombra.

Del día que me convertí en sombra.

Del día que me convertí en sombra.
Jueves 29 de mayo del 2007

Hace un bochorno de esos que se me antojan para andar descalzo. Ya estoy harto de ver nickelodeon, es verano, estoy aburrido en casa y muero de calor. Subo al punto más alto de mi azotea pasadas las dos y media. Frecuento lugares solitarios para desaparecer con las paredes, hibridarme con los cables, las antenas y viajar a través de ellas.

Desde aquí puedo ver tu casa, también las palmeras que rodean el parque del centro de la ciudad, y mi tiempo transcurre con los cambios de color de los semáforos de la Avenida, el preventivo es mi favorito (morado, amarillo y azul).

La estética unisex del piso 5, en el edificio de departamentos y oficinas en renta siempre hace que se me antojen los mariscos, decoración: Un par de palmeras verdes medias muertas, metidas en macetas azul diluido, cortinas de bambú, el póster de un paisaje exótico, revistas de viajes y de chismes, el calendario de Acapulco de 1993, un catálogo de peinados pasados de moda y tres espejos que no han cambiado desde los años 80, rosa mexicano y chicle en la boca.

Me gusta el calor de mayo, es diferente, es más caliente, la sombra de las antenas es más cercana y me encanta el contraste del suelo tibio con mis pies descalzos, se me antoja gritar pero aún no puedo, se esperar, una cucaracha borracha atraviesa el techo en el que estoy sentado. La ropa tendida me relaja un poco, surge una idea, una chispa en mi cabeza me dice que el color del tiempo influye severamente en nuestros recuerdos, que la forma en la que el sol se mueve hace que sintamos diferente lo que nos rodea, entonces entiendo que todo está cambiando y que nada ni nadie es igual siempre, nunca estamos en el mismo sitio, cambia, el problema de todo es haber dado al mundo por hecho.

Los rayos del sol pegan en mi cara, y los techos de mis vecinos reflejan el sol hacia arriba, Doña Rita tiende su ropa de una forma muy particular, ordenando y separando por colores en el tendedero. Hace mucho aire, algunas bolsas vuelan en el viento a más de 60 km/h, los árboles se menean con gran fuerza como queriéndose arrancar del suelo, se escucha el arrebato de cosas que se quedaron sueltas y se echaron a volar, se siente un aire de libertad. Desde el techo de mi casa a veces tengo ganas de salir volando también, me gustan esos días ventosos, me gusta subir al techo, alzar los brazos y sentir el golpe de la velocidad, girar sobre mi propio eje y disfrutar del aire y del aroma que corre desde el bosque y refresca la ciudad. Doña Rita me ve mientras cuelga la ropa, siento su mirada burlona, pero no me importa.

Vuelvo a mi habitación, me acuesto sobre mi viejo sofá y el calor golpea mis piernas ese bochornoso sábado de mayo, me relajo, viajó a través de la ventana encontrándole formas a las nubes, qué multicolor se mueven entrelazándose. De fondo mi máma escucha la radio y suena Jose Jose, mientras limpia y acomoda cada cosa en el lugar de costumbre, los estantes de su habitación siempre están llenos de recuerditos y alhajeros que también ocupan la mayor parte del espacio en su tocador, cada que los limpia los guarda en una caja, para después volverlos a ordenar en el sitio donde se encontraban. El cuarto de mis padres es de un verde ocre con molduras amarillas y acabados en madera, olor a la ropa de mis padres que reconoceré por siempre, y una pequeña televisión sony donde suelo jugar play station onedespués de la escuela.

El sonido de toda la gente que pasa por mi calle los sábados de tianguis resuena en mi habitación como si me encontrara ahí mismo. (vendedores ambulantes, motores de carros y motos molestando mis oídos, el grito del checador de los camiones que salen rumbo a pueblos lejanos de la sierra, el vendedor de cerillos, la señora de los tamales y el puesto de discos piratas …

El aburrimiento me pone creativo, ocurrente y estúpido, recordé la idea del color, y si vuelvo de colores el agua de los tinacos de mis vecinos, desde mi azotea tenía acceso a cualquier techo de la manzana, eso es, toda esta gente necesita que pase algo raro para que su vida deje de ser tan monótona.

Ese verano de 2007 antes de que me explotara la adolescencia, estaba por entrar a segundo año en la secundaria general y Felipe Calderón ya era el nuevo presidente de México, una vibra de inconformidad se preparaba para ser violentada, por una guerra equivocada.

Adiós Chente, como buen hijo de vecino le diría.

El miedo permanecería en años posteriores y terminamos acostumbrándonos a eso, pero esa es otra historia. Yo vivía en una pequeña ciudad de la sierra de Hidalgo que se escondía de esos arrebatos de odio, solo los medios de comunicación impregnaban el miedo a diestra y siniestra, ese temor se polariza por todas partes, y a nosotros nos llega en dosis diarias por la pequeña televisión de la cocina de mi casa.

Hace tanto calor este verano que los vidrios sudan vapor, el agua se calienta y los hielos se derriten en segundos, todos usan sombrillas para cubrirse de los rayos ultravioleta.

Después de la comida camine por una de las avenidas principales para comprar colorantes artificiales, con los que intentaría hacer el experimento, estaba a punto de cruzar el semáforo cuando en uno de los edificios más altos un par de sujetos colocaban un gran cartel tal vez de cuatro metros buscando cinco desaparecidos desconocidos.

Este gran cartel colgaba justo arriba de la botica de Don Chano, a la que me dirigía. Don Chano era el dueño del establecimiento desde hacía cuarenta y tres años, era la farmacia mas surtida de la ciudad.

Acuarelas de ciudad papel, la droguería es farmacia, de las que huelen a originalidad, a los más antiguos y extraños recuerdos. También huele a químicos, y una señora muy vieja se menea lentamente en su mecedora de carrizo, mientras ve la telenovela de la 4:00 sin ánimos de saludar a mi llegada. Un enorme bote de condones de colores me recibe en el mostrador y las repisas arriba de él, están llenas de extrañas golosinas, se me antoja un huevo kinder, pero el dinero que tengo es exacto para comprar los colorantes artificiales, ya ni modo, miro con detenimiento los estantes de madera pintados de un blanco diluido intentando entender con la mirada el procedimiento para que Don Chano pueda hallar un medicamento entre ese montón de botecitos multicolores. En la parte más alta, un altar a San Judas Tadeo explota en decoración y artilugios, no me gusta, pero la anciana voltea mucho a verlo, el boticario me atiende después de tardar 8 minutos buscando la penicilina de un señor de aspecto enfermo que no había notado hasta ese momento.

  • Que se te ofrece jovencito (en que momento pase de “niño” a “jovencito”).

  • Hola, tiene colorantes artificiales?

  • De qué color?

  • Uno de cada uno por favor

  • Y para que los quieres? (mal encarado como siempre, me dice)

  • Es un experimento.

  • No entiendo,

Los busca y escucho un breve murmullo salir de su boca, me da uno de cada color como le he pedido y pago los veintidós pesos. Salgo de la farmacia con más prisa de la que entre, un niño se pasea en una nave espacial que cobra $10 por moverse de atrás a adelante, el calor comenzaba a dar asco, mis pies me pedían descansar un momento, y me senté en una de las bancas de piedra a la sombra de una de las palmeras de la plaza principal, baje la mirada para contar los chicles pegados en el piso y después de unos minutos volví a observar el cartel, pero esta vez con más detenimiento. Esa imagen que apareció de la nada, era tan fuerte que me daba escalofríos. Podía ver como algunas personas en la calle lo veían con sobriedad y sutileza, entendían la pesada carga que implicaba ese letrero, muchos o casi todos disimulaban su pesar, años antes comenzamos a acostumbrarnos a ese tipo de letreros que ya no significaban más que basura en las calles, pero hablar de política es una de las cosas que prefiero evitar, no porque no me interese, es una especie de trato impuesto que ha hecho mi gente.

Después de ver el letrero, camine cinco cuadras en dirección al viejo centro comercial de la Av. Lugo. El aire era caliente y la sombra comenzaba a escasear a eso de las cuatro de la tarde. Paraba con frecuencia pues procuraba ir pisando todas las líneas que había en el piso hasta llegar ahí.

21 minutos después …

Estaba en el viejo centro comercial, sentado afuera del cine que para ese entonces no funcionaba, era amarillo y sus últimos pósters anuncian estrenos de 1999. Un helado de vainilla entraba en mi paladar y escurría entre mis dedos, acompañado de un 7up que compré al entrar al edificio casi en ruinas. En la tienda Kodak, las bizarras caras de las personas exhibidas como ejemplo, me provocaba una leve risa, sobre todo en las fotografías de bodas y quince años, sin embargo amaba el paisaje de Nueva Zelanda que anunciaba la impresión tamaño póster. De pronto desde uno de los aparadores, las televisiones de la mueblería decían:

– Noticia de última hora, una gran cantidad de fugitivos andan sueltos y van para tu ciudad, favor de permanecer encerrados en casa, disponga usted de armas y misiles, los fugitivos tienen hambre y pueden cambiar las cosas, manténganse al tanto del televisor hoy es el final de su telenovela favorita.

Adiós a la gripa en un 2 x 3 …

El centro comercial tenía dos salidas, una daba a la avenida principal y la otra chocaba de frente con el cementerio. El viejo centro comercial me daba una especie de nostalgia vintage, los maniquíes también habían envejecido con el, y te observaban de una forma depresiva para despedirte a la salida del lugar, tal vez ya sabían que en pocos años morirían con el edificio.

Antes de salir me encontré con Conrado que pasó la mayor parte de ese verano en mi casa, el asistía al turno vespertino, porque a sus 13 años no estaba dispuesto a perder importantísimas horas de sueño, lo que antes le impedía ir a clases, sobre todo los miércoles que reservaba para no dormir.

Salude a Conrado afuera de un local y nos sentamos sobre la banqueta a esperar que el calor disminuyera, el traía cigarrillos mentolados, le pedí uno para probarlo por primera vez, entonces me dijo:

Conversación circular:

– Oye brand, vamos a las maquinitas del edificio Gelos.

– bueno pero primero pasamos por la tienda de mascotas, me dijo Ana que tienen un nuevo cocodrilo bebe.

– Sabes que odio el olor a tela que sale de la fábrica de enfrente.

– Anda vamos, por cierto pásame la canción que escuchamos ayer por infrarrojo /337 KB/

– No te pases, ya no me des más pistachos hace calor y este edificio no da sombra, ya vámonos ….

En el camino hablamos de muchas cosas, hablamos de caídas, y de que siempre me han cortado mal el pelo, de que casi no sudo pero ese día traía las patillas húmedas y de que esa semana me tocaba contestar el chismografo del salón.

Exagerando las pisadas atravesamos de nuevo el centro comercial pero esta vez salimos frente a la dulcería, donde Conrado quería comprar caramelos sabor chile y limón que solo vendían ahí, en aquel momento el tiempo se pasaba lo que duraba tener dinero para comprar comida chatarra. La dulcería se hallaba incrustada en la esquina de la que fue una de las primeras casonas de la ciudad, que se conservaba casi intacta en ese amarillo ocre desde el porfiriato, de tres plantas, acabados en azulejo y con un gran barandal rojo, que hacía sentir como si se encontrara a la orilla de un acantilado, la casona se esforzaba por no pasar desapercibida, algunas tardes podías ver a Doña Cata pasar la tarde en la terraza, regando las plantas, leyendo y tendiendo las coloridas sábanas de la casa.

Doña Cata era un mujer muy extraña, tenía alrededor de 70 años pero seguía usando vestidos de la época de la revolución, tenía una diminuta cinturita que daba la impresión de que sus costillas estaban siendo apretadas con una faja, usaba pinta labios rojo carmín y era la locura del pueblo, sobre todo los domingos porque era el único día que salía de casa, con su chacha Dorita que siempre la acompañaba para hacer las compras de la semana en el tianguis del centro, parte de su historia era conocida por propios y extraños. Tuvo un único hijo Alejandro que fue asesinado afuera del auditorio municipal en un baile popular donde se mató a tiros con el hijo del entonces presidente del pueblo, fue todo un acontecimiento que incluso salió en el periódico estatal.

Ella se quedó como la única heredera y dueña de la casona, su padre, años atrás tenia la abarrotería y el bar más grande en tiempos revolucionarios, donde llegaban a comercializar viejos cadetes y coroneles, pero ahora Doña Cata solo se mantenía de las rentas de sus concurridos locales y de la venta de flor de cempasúchitl en días de “Todos Santos” que crecían por montones en la parte trasera del gran terreno de la casa.

Ese día intenté saludarla desde la calle, y siempre contestaba con una sonrisa, me llamaba Napoleón por mi padre, creo que nunca supo cual era mi verdadero nombre. Conrado entro a la dulcería, y yo lo espere en el balcón que tenia una excelente vista del lado sur de la ciudad, viendo el cielo que comenzaba a tornarse rosa, fue cuando recordé que traía los colorantes artificiales, y el experimento que planeaba hacer.

Continuará …

No Comments

Post A Comment